Siga a ese negro, faro para quienes pisen ciudad desconocida. Siga a ese negro que donde cae hay tías y porros. Al rasta de los cds de noche y los pañuelos de día, las treintañeras le pagan con billetazos con su teléfono anotado. -Quédate con el cambio, moreno. Como el Papee de Donosti, senegalés al que no le cabía la polla en el cuerpo, que dejaba a la Niña que se quiere ir y a Moucho su manta de cinturones cuando se iba a follar. Pillaba cincuenta euros por las molestias generadas al pasar la tarde con cualquiera de las Izaskun melancólicas que rebuscaban amor por los soportales de Santa María del Mar. O los Patxis no dan la talla o se la pasan porculeándose entre bombazo y bombazo y las Izaskun solas y a la cola para pillar al senegalés que abraza a los dos Indiana Jones afrikaners interceptados cuando bajaban al puerto viejo y que no escaparon sin comprar cinturones y carteras de cocodrilo de pega al brother de polla suave y flexible, como constató la Niña. Siga a ese negro, el truco lo descubrieron la Niña y Moucho cayendo en Barna sin conocer a nadie, desorientados hasta que engancharon la estela de un rasta viejo y cojo que se metió en una cueva en la que las tías le agasajaron bailándole las tetas en la cara, contentísimas, desatadas como supernovas. El mito del rasta güai muere en una cabaña de Kingston, con tu tarjeta de crédito desangrada y contigo carbonizada, estrangulada con tus propias tripas o en un okupa de Bijlmer, uprising, arco iris, porritos hasta que revientan el culo una decena de pollas kilométricas. Te quieres agarrar a algo y es una bayoneta. Pero aquellos dos surinames dieron con la Niña, que al volver al país donde se sumerge el sol, desató a su madre, la meiga de Sar, y juntas se fumaron un puro mientras armaban un caldero de endriagos y svásticas en fuego y siete cabezas de cuelebres en zigzag con restos de semen que guardaron como silvas los pelos de su sexo y uno se ahorcó en el talego, hormiguero embravecido, y al otro mejor que lo hubiesen pillado porque estalló en cabezazos cuando sus cojones se le desmigallaban entre las manos, bajo la tormenta, pulverizados contra los diques quebrados por las aguas negras de la marea menstruada, tragando por embudo la cocción de cerdos y avispas, aguijones abriéndose camino cerebro adentro, tierra de espantos, en las arenas movedizas de las tumbas de sus padres.
pero
León de Juda, don't worrie. Bob Marley acústico para la BBC rebotando desde mi ventana hasta el Sarela y, al fondo, la casquería de Super Hermes. La hidropónica de Zen me rasga los ojos.
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