Electro, deep house, tecno, psitrance, para navegar los bares, vendiendo en mis ángulos, cortejando ojitos en el nudo ambiente, pero en el fayado colgué la bandera de Manowar, regalo de Charo -Pega muy bien con las piedras de la pared- envuelta en la cual me bailaba la danza del vientre hasta que Alvaro la tomó como mantel sobre el que se zampaba sus sandwich de sobrasada con Nocilla generosamente regados con calimotxo Diacola/Don Simón. En la susodicha bandera aparecía un super Hermes, acantocéfalo en triunfo como cachimán segador alzado sobre una montaña de despojos exhibiendo la cabeza desbaratada de aquel que osó desflorar a su Margarita. Fedor de víscera, espada fresca cicatrizando al sol.
Mientras, entre que llega Varela, Koitz y Karla van afinando abajo, Moucho abre su ventana sobre un manto de martutxas y siemprevivas que se matizarían hasta el río sino fuera porque, cortando tan happyflower visual, nos topamos con el garaje en el que se refugia el vecino para liarse pitillos de bilis mirando de reojo a nuestra casa, a ver si se escapa alguna teta, en el recreo de los improperios que le lanza su mujer, orondo zeppelín con cofia que flota por los barrizales hasta el Hospital General en donde se deleita ensartando con agujas gigantes niños tuberculosos. Tras el tejado de los vecinos, vuelve el murmullo de los twitazos de los Navegantes compitiendo con los bucles de la xilgarada que se riza en gongorinos trinos por el collar de frutales que será deshecho cuando irrumpa la crecida y entonces los vecinos pican en la puerta de los chicos para que limpien el río de árboles ahogados y -La leña para vosotros. Por Entroido nos subieron filloas y por San Juan nos invitaron al fuego que prendió Malvina, la anciana que remata el luto hasta su cara de manzana pícara con una visera de los Lakers. Ella es quien guarda desde el banco de piedra a la fresca de un enorme castaño la entrada a nuestra calle sin salida, más allá de la cual vive más que solitaria, junto a los maizales, donde el río brinda manso su lomo para que jueguen los niños. De vez en cuando, se la ve pasear del brazo de alguno de sus cuatro hijos que viene a llevársela con él, pero no quiere y no quiere a sus noventa años.
Siguiendo pasadizos de trapelas desde el África ancestral, se presenta Don Gato, un tigre rubio con rayas avizor para inspeccionar al intruso en el fayado. En un salto, toma pose de la cama recién llegada para estirarse gozón, que para algo es el inquilino más antiguo de la casa. La cama en la que se refocila era la de los abuelos de Moucho, oxidada en el trastero de Vigo. Cabecera, crucifijo, orinal de los de Camilo José Cela y colchón de la postguerra que entraron sí o sí en la fregoneta además de los sofás y la mecedora y las hamacas y los candelabros y la banqueta en la que me siento para hacer leña con los palés robados río abajo, en la distribuidora de cerveza contigüa a la fuente milagrosa - hasta del Hospital General, al otro extremo de la avenida, vienen para llenar botellas en su caño izquierdo- cuyas aguas descienden en fulgor élfico desde el Pedroso, alegrando, juguetonas per se, las reflexiones centenarias del robledal del Pazo del Jabalí Encantado.
Debería ponerme a estudiar para que el viejo esté contento y me siga manteniendo en Santiago aunque yo ya tengo pasta de sobra, pero es que la ropa fruto de los trapicheos no la puedo llevar a casa sin alzar cejas suspicaces; así que tengo que mantener dos armarios, como un marica casado. En Vigo, las chupas, las camisetas de Ramones, los pantalones rotos por la rodilla de toda la vida y los disfraces para bodas, bautizos, divorcios de la familia y en Compostela, los Adidas, las Niketas, los Fishbones. Ni llenar la cuenta puedo que la vieja me fisga las cartas del banco. Por eso es mejor venirse para aquí, tengo una planta para mí solo, no el cuartucho en aquel piso pringoso con Luis y con Alvaro, que subsisten a base de bocadillos de huevos fritos con Kornflakes. Aquí controlo quien entra y quien sale. En el computador archivado el dinero y las pirulillas y la farla para las fiestas sube-sube en las que ya no muevo menos de quinientos euros. La vieja sigue flipando con que cada vez voy menos a verla y la última vez la noticia más terrible: que le vaya buscando piso a Lucía, mi hermanilla, que está aprobándolo todo y ya se viene para Santiago.
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