I
Fluídos. Sargazos. Pecera en descomposición.
Bea se disuelve en la cama de Moucho cuando éste sostiene entre los dedos pulgar e índice de su mano derecha el botecito que compacta un pedrolo de opio. Moucho habla con lengua pesada.
-Pasamos semanas dando tumbos hasta dar con una plantación sin vigilancia y lo más gracioso es que la teníamos en la narices, a la salida del pueblo.
Fue la amapola tatuada que seca el brazo de Juan o fue San Trapi -enmarcado en el salpicadero con su sonrisa sin-dientes-bajo-turbante palmeando el burro con el que desciende, con los capazos a reventar, tan afgano sendero.- quien nos trajo aquel bendito yonkie.
Aún en Jaen, sesión de Benemerito vacile:
-A tí te conozco de algo!
-Y qué hacéis tan lejos de Galicia?...y para qué queréis tantos? -nos rodean, interpelando, los pikoletos mientras hociquean las mochilas llenas de botes de carretes de fotos vacíos.
En la guantera encuentran unos porros. Lo suficiente para calcar una nueva multa a Juan, insolvente de pega, con la fregoneta a nombre de su abuela. A sus veintinada de años horadados por el acné, Juan luce brazos de acerico y dos resurrecciones en la UVI, fruto de los homenajes autoinfligidos celebrando los palos con costo fulero dispensados en la Quintana dos Mortos (1) a los peregrinos que se aleluyaban tras semanas quemando calcetines piel de toro adiante bajo el inclemente Sánchez Dragó. Juan: Alambrista del esquinazo compostelano que se desengancha en Coruña donde se pone pelo pincho para currar de portero de puticlub vendiendo la coca del patrón; meritorio que conduce hasta más allá de Ponferrada al muerto, al que los camareros creyeron dormido desde medianoche, que llevaba encima las llaves del último coche en el parking. Con las Ray Ban afiladas, vio llegar a Diana, bollera según depende, que le siguió hasta Santiago donde construyen su nidito de arrullos.
Entramos en el primer campo de amapola confiados. Llegar y recolectar el santo, ja! Lo menos diez Números cuadrándose ante un brigada de barriga inflada y vocecilla trompetera mientras nos mantiene enfilados contra un terraplén.
-Este no es el que buscamos -concluye el Guardia tras pezuñearme el móvil con claves de satélite.
-Dónde vais, gallegos? -el clásico graciosillo de bigote tejerín que acaba de sacarnos del siguiente campo, aparca el Land Rover a la barroca sombra, frente al DIA en el que repostamos.
-Otra vez, gallegos?
La fregoneta reventó a la salida de un pueblo partido por la raya enmedio de la Nacional, en la puerta de una señora que, tras desgarrador melodrama de Diana, nos prestó una manguera para limpiar tremendo esparramo de aceite mientras la niña salía escopetada reapareciendo unos cruces más allá abrazada a la cintura de un rapado con pendientes, una pareja más en el espectante enjambre de Hondas y Yamahas montunas que crecía y crecía. Y la Guardia Civil cayendo de nuevo, justo cuando nos alcanzaban los tres punkies que venían andando hacia nosotros fundidos/hundidos en el asfalto desde el abrasado horizonte.
-Creíamos que era una plantación... y cuando llegamos sólo plásticos!! Venga plásticos, kilómetros y kilómetros de plásticos!!!-me lloriquea un falso joven fibroso-. Tres años por cuatro porros. Esa fue mi vieja. -y se aleja por los dientes de sierra de sus actos falllidos.
Campos erizados de guardias-jurado. Overbooking de recolectores clandestinos en el parking del hipermercado.
En unas construcciones a medio alzar o a medio demoler, una tropa de okupas italianos. Historias de terror con banda sonora de cochitos, cochetes y cochazos tuneados que bombardean con sus sound-system desde el afiebrado botellón del sábado-noche. Una chavalita bajo una catarata de piercings nos detalla con lengua imbrogliada como un vigilante le metió un revólver en la boca; otro, aún más jovencillo, como, entregados por la luna llenísima, tuvieron que huir, amapola a través, cuando los chavales del pueblo atacaron su campamento al otro lado del río. Pero no cejarán hasta que consigan encriptar el opio con un "pop' en el cuarto ojo, listos para atravesar la inhóspita Francia cuyos policías rasgarán sus camisetas con la hoja de maruja. -Si hachis, "pum" -sentenciará el Gendarme soltando a un sabueso con tumbao jamaicano que les descuageringuará el Fiat. Gasolineros lepenistas, Hermandades Negras, maderos embozados apatrullando la noche en sus horas libres, pero que ni sospecharán de la materia andaluza.
Llegábamos a los hipers y soltábamos a Pedrín, con sus rubias guedejas y su faldita escocesa, y los vigilantes volaban tras él franqueando para nuestras bajamanerías las pilas alcalinas y el caviar. Pedrín y su flautita. Martirizándome con su saludo matinal: -Tienes un cigarrito?. Él fue quien bautizó a la furgona como fregoneta al salir de Santiago. Se montó sin dinero ni macuto, tan sólo con la flautita, sus babuchas con cascabeles y el kilt.
-Están brotando caras!! -gritó saltando entre las hileras de amapolas reventonas mientras que su guillete hacía grotescas hendiduras en las cápsulas que comenzaban a sangrar lentos goterones Halloween. -A que te chupo el careto?? -le soltó a una antes de sorber sus lágrimas. Al caer atravesó mi cosecha llevándose el jugo en la faldita.
-Puedes coger lo mío? -concluye desde su derrumbe. Allí quedó, amorrao a la carcajada. Dos días después, reapareció con cartones de vino y bolsas de magdalenas. -Estuve en un pueblo en fiestas, bailando pasodobles con las viejas. Piribi-pipiribí. Me ha traido el alcalde en su Bugatti.
Cada vez peor rollo entre nosotros y con un pueblo por el que callejeaban demasiados amapolos inyectando en las chavalitas sueños de caravana de gitanos; tantas manos en los supermercados; saturación de espectros alemanes que brotan en primavera de sus cubículos en las Alpujarras para libar su dósis anual de savia, como patitos yonkies bajo el pimpampúm cruzado de las escopetas de los paisanos.
Mientras Pedrín dormía, surgieron unos zagales que nos cortaron la retirada con cuatro zancadas, cerrándonos contra la fregoneta.
-Dejad lo que tengais e id pasando. -arco de triunfo con palos, los Jóvenes Castores (1) de las Farmacéuticas construyen la maquinaría recolectora con carcasas de vampiros de opio, pero la amapola tatuada en Juan nos salvó con su labia estupefaciente.
-Pruébalo. Es natural. No como otras cosas que venden por ahí -andando hacia atras, hipnotizando los ojos del más grandullón (2).
Fue la amapola tatuada o fue San Trapi, con la llama del libre comercio brillando en el fondo de sus ojillos vivarachos, pero el caso es que, en la calle mayor de Écija, aquel jamaro silvestre nos entregó el boleto premiado.
-Allí no hay nadie. Pillo para mí, me dijo.Y no veas si no está bueno este opio.
Moucho agita el bote como si fuera un cubilete de dados. Bea despierta.
-Damereeeeeeec un poco más!!
-Nos lo estámos ventilando todo.
-Sólo un poquito!!
* Estando esta novela ambientada principalmente en Santiago de Compostela -capital política de Galicia, tercera ciudad santa del cristianismo e importante centro universitario-, conviene aclarar que es denominada indistintamente Santiago (mayoritario) o Compostela, esta última denominación tiene un eco más arcaíco, pagano si me aprietas.
* Estando esta novela ambientada principalmente en Santiago de Compostela -capital política de Galicia, tercera ciudad santa del cristianismo e importante centro universitario-, conviene aclarar que es denominada indistintamente Santiago (mayoritario) o Compostela, esta última denominación tiene un eco más arcaíco, pagano si me aprietas.
(1) Scouts mamporreros en los que se encuadran los sobrinos del Pato Donald.
(2) O bien: Diana, dando un paso al frente mientras los demás andamos hacia atrás, enfrenta con su sonrisa húmeda de miope desgafada los ojos del zagal más grandullón. El sol brinda mediterráneo sus pechos.
Esta foto la cuelgo tan sólo a título informativo, para que os ubiqueis en la Quintana dos Mortos de Santiago de Compostela. Para cualquier aclaración, quedo a disposición de su autor: http://farm4.static.flickr.com/3596/3375618456_2439ee01a9.jpg
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