En los jardines del campus (1), un perro firma en el libro de visitas de un árbol solitario cuando las chavalitas estallan los granos de los novios que aúllan en sus regazos.
Cuando Moucho llega al Malas Preas, Charo reprime, fuma, tiembla viviendo intensamente la balada de mecheros al viento prolongada con punteo desgarrador hasta el Banzai donde los malos heavies miran hoscos a quien traspasa la cancela. Comité de recepción con hukeleles, collares de flores y patadas en la boca. Moucho con sus colegas, peña de Vigo que vienen yendo y van viniendo, las niñas de clase. Hermes y Basel cacarean gallos cortando la onda a los costras plastosos, a los bohemios de papá mientras Juan tanga con la coca al Caminante perdido y hallado en el Gozo que, si protesta, recibirá cuatro hostias de Fuenteovejuna que lo dejarán grogi, cuarenta etapas más atrás y nadie sabrá nada, un yo no estaba colectivo, si atina a volver con los Caballeros de Santiago, guardia del arzobispado juramentada en la defensa del Peregrino. Como aquel aldeano que invitó a Hermes y a Anxo a San Lazaro a ver al Compos y acabó en un arcén, sin reloj ni cartera, el coche estrellado contra un árbol, pero que irrumpió una semana después con sus tremendos sobrinos y que no encontró a los culpables pese a que estuvo en su bar toda la noche y ellos trabajaron normalmente porque, sea peregrino o paisano, cualquiera de fuera de las siete puertas compostelanas que no mantenga la sonrisa ante el asalto ritual se ahogará en las fluctuaciones de la piedra vegetal, piedra burlona que oculta las rutas de los bucaneros indígenas.
Moucho, oblicuamente, levanta el vuelo, que la farlopa está hoy buena de más y lleva en los cojones doce medios fiados por Charo.
Koitz dormía en el salón de la peluquería de su abnegada madre que tocaba la corneta para él y su tropa de hermanas antes de que llegaran las primeras clientas. Carne de kale borroka siguiendo la raya de speed, la chuta del pikoleto. Los Hermanos, Barrencalle, Jarauta, Plaza del Pí, Cascorro. Último en salir de las Magdalenas cuando la paisanada errenteriana corría por la vía del tren a los costras acampados en el quiosco de la banda municipal. -Eh, que soy vasco! -se revolvió con el petate al hombro frenando el garrotazo inminente.
Karla, niña con el camino allanado que debería ser pija o cuando menos ecopija, como su hermana Edurne, que va de galletitas tibetanas a diez euros la migaja y flores de Bach, que cada día me viene vestida de una tribu diferente, hoy Goa, mañana La Mala, pero eso sí, vacaciones en Sanxenxo donde sale con un aguilucho del PP. Karla, a cabezazos con los obstáculos por ella misma colocados, aporrea el piano a compás, talla ajedreces de punks y maderos, combina la paleta magistral en la ropa que se reforma ella misma, podría diseñar escaparates e interiores, fotografiar para revistas de postín...desde la primera vez que cogió un micrófono, sus berridos cayeron de pie en el pentagrama. Las simientes del 68 de sus progenitores fueron engullidas por un okupa esploited, la chacha sirviendo la porcelana del desayuno entre rabas, crestas y papel de plata.
Karla subía vomitando por la Ferrería cuando entró en la raya de Koitz que daba calor a Arantxa, lobezna alemana recién destetada regalo de unos chupaneros. Los tres se colaron sigilosos en los trenes de Miranda de Ebro hasta que sus caminos se hicieron cada vez más cortos, más cortos y, ya en Compostela, pararon en la casa de Lua, que había sido de João, que había sido del de los muñecos, que había sido de Otero, que había sido de Elisa. La última cuando la calle se hace sendero tras jugar como puente de piedra con el Sarela junto a pazos, carmenes y huertas, refugio para chutarse y chutarse y chutarse y montar su prometida banda eskorbutocikatrizsexandviolenc
-Y esta es la casa. Te gusta? -pregunta Koitz.
-Mola...Me voy a pillar el fayado...habrá que arreglarlo un poco... no vendrá mucha peña? -cuestiona Moucho-
-Qué va? Aquí solo estamos el Koitz y yo -Karla estampa besote mejillero al susodicho, más feliz que Michael Landon después de apilar una paca de heno-...algún colega de vez en cuando... el fayado mola, lo quería yo para montar el taller, pero es mucho curre... es que, en realidad, aquí es como si fueran dos casas, sólo compartimos el baño y la cocina...
-Güai
-Lo único que, a veces, ensayamos con el Varela...
(1) Imagen recortada de una viñeta de Laerte en Clasificados, libro II. Jacaranda, São Paulo, 2002.
(1) Imagen recortada de una viñeta de Laerte en Clasificados, libro II. Jacaranda, São Paulo, 2002.
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