Mamá lleva semanas colgada al teléfono, loca, lanzando a sus yernos tras Anita a la que no encontrarán porque esta vez no ha corrido con el palo en Mango a los chabolos, donde las gitanas la fían y los maderos solamente la paran para regañarla. -Una chavala como tú. Lo sabe tu familia? -cuando les pone carita de niña buena con el flequillo de medio lao para que no le abran el mochilón de Hello Kitty en el que se aprietan sus depredaciones. Nunca la pilllaron, ni en Pimkie, ni en Berksha. Las dependientas sonriendo sin percibir el reguero de chips amputados.
Manolo era un conocido del barrio de la Larva, el eterno pretendiente de Anita, que aunque había estudiado en el centro y no se relacionaba mucho con la peña, cuando le entró la politequera cayó por la asociación de vecinos que se descomponía al final de la Transición. Manolo era uno de los muchos artesanos que pasaron por el taller y fue su último inquilino -sin agua, pero con ratas- hasta que el quiosquero de la plaza le plantó una pipa en la cara gritando que les estaba pasando jaco a sus hijos. El verano en que Alan Stivel tocó en el festival de Porto Pereira, Manolo encontró a Marta, hija única de unos vendedores de frutos secos de Chamberí, que espoleaba, vírgen y gorda, sus Dos Caballos por las naciones celtas. Mediado septiembre, Manolo ya era el gusano de la manzana en la que Marta vivía sola y, en octubre, cuando aparecieron aquellos colombianos tan graciosos, Manolo ya se estaba follando a Anita y Marta intentaba hacer lo propio con la Larva, pero a éste sólo le ponían las tetas duralex de Anita que, a su vez, se dejaba querer por Marta, que se había soltado definitivamente la faja. Anita y su Larva se las cogían dobladas haciendo crack-crack con la base sobrante que blanqueaba los tapetes del laboratorio-taller de artesanía y después follaban en la sala para que Manolo rabiara mientras Marta roncaba hasta correr a vender las aceitunas rellenas de anchoa con las que los mantenía a todos.
-Yo es que sé mucho -galleaba Manolo, dándoselas de jibaro (1), invitando a marisco a los ociosos del barrio hasta que lo enlosaron con la Ley Antiterrorista. Mientras los colombianos iban saliendo con el chiste, él por poco la palma de pulmonía y el padre de Marta casi pierde la casa, la manzana y el chalet, propiedades forjadas en el sudor, encendiendo y apagando Madrid.
A Marta se le puso el pelo blanco tras el bis a bis en que se quedó embarazada de una niña que saldría facha.
A Marta se le puso el pelo blanco tras el bis a bis en que se quedó embarazada de una niña que saldría facha.
Cuando Marta consiguió que lo soltaran, Manolo se largó a Galicia dejándola tirada con la fascista en pañales, Anita y su Larva estaban cada vez más ciegos y los colombianos ronda que te ronda de nuevo.
Tras rebotar de mercadillo en mercadillo, Manolo, que ya se hacía llamar Lua, pasó un invierno en Orense y , por primavera, al oscuro impulso de las golondrinas, cayó en Santiago de Compostela, en el caserón alquilado por el poeta João da Silva Guimarães, que no paraba mucho por allí porque ya por aquel entonces estaba siendo perseguido por el Partido Nazi Secreto, aunque aquella seguiría siendo por mucho tiempo la dirección postal a la que le escribiría William Burroughs, del que era su corresponsal en las Tierras Occidentales.
Anita fichó a Pepe en los bancos frente a su bloque, una de las muchas veces en que dio plantón a la Larva que la estaba esperando en el sofá ya casi sin muelles, para fumar porros, comer patatas fritas, beber cerveza durante días y follar por follar ante el Canal 18. Todo era pegajoso con la Larva, pero era el único que la hacía reir, que la aguantaba los dolorosos reglazos, la tragicomedia diaria con su familia... todo por tocarla un rato las tetas, abrazarla hasta la nausea cuando se les iba completamente la olla. Un tío que ni siquiera le gustaba, al que no dejaba dormir con ella, pero que siempre tenía dinero y que se lo perdonaba todo y era insistente, insistente.
Hasta que llegó Pepe, chico solitario, también huérfano de padre, criado a pedradas entre los chachos.
Anita, chica solitaria, con las hermanas haciendo su vida, asqueada. Pepe apenas hablaba y sí que la gustaba, tan fuerte, tan tímido. Por fin salir de la inercia de litros y litros y porros y porros con la Larva en las callejuelas de los Austrias, burlándose de la peña que pasaba, espantando a las viejas. La Larva aguantaba a sus pretendientes, a los admiradores que la seguían durante meses. Hasta la dejaba su casa para que se tirara a sus caprichos. La Larva fue su relación más larga sin serlo, sórdida, en la que sólo pasaban cosas extrañas, como aquella Nochevieja que empezaron cortando un tripi en la mesa de la cena de sus viejos (el buen señor veía gacelas en el papel pintado. Le subió el ácido ajeno sin catarlo), prosiguió en la fiesta de unas bolleras, martirizando a la que llamaban de James, y la acabaron de 69, a pesar de la escayola y de la cara cosida, porque en algún momento Anita se tiró (o la empujó la Larva) por la escalera de una peatonal lateral a la Puerta del Sol. La mejilla colgando.
Los chinos llegaron con Pepe. Recién expulsado de Paracaidistas por lanzarse antes de que despegara el avión. Trepó por el cementerio hasta robar la cruz de la tumba de su padre y clavarla invertida encima de la cama. La primera vez que durmieron juntos lo hicieron vestidos, sin rozarse, Anita insomne, pesadilla en loop en que la Larva se pajeaba en sus tetas sin molestarse en metérsela. Pero Pepe dormía a su lado, en un abrazo leve. Y, aún en aquellos días, la Larva se corría en su cara cuando ya estaba borracha y todo le daba igual y otro porro, otra raya. Semanas durmiendo juntos sin follar hasta que ella se lanzó y después se quedó acurrucada en el bíceps de Pepe, tan agradable estar con él, pese a los espasmos y tantas veces en que despertaba gritando. Los chinos la hacían bajar el deseo, no sex, silencio, paz sin los plastosos que rebotaban hipnotizados en sus tetazas, más larvas, frikis de culo vaso de la Facultad, nerds cableándola, el tap-tap de los cubiletes de rol, comunistas, esotéricos boqueando en la pecera, marroquíes en paro que la sacaban Mahous y las bolleras y los niños pequeños (aquel al que cuidaba y su padre también) y las moscas y las cucarachas y las abutardas. Pepe se agobiaba en los pubs y acababa peleándose con cualquiera, mejor no ir. En cambio con la Larva pasaba sábados enteros jugando al billar en el Callejón. Los chinos te centraban, volviste a estudiar y a coger la guitarra, nunca estabas cuando telefoneaba la Larva. Tu madre respiró.
-Un amigo, un amigo. Llevas años saliendo con él y es un amigo...
-Pero si no me gusta, mamá!!
-Entonces qué haces siempre con él? Búscate novio! Que te me vas a quedar solterona!
Y Anita comenzó a salir inflada de Benetton mientra la sonriente encargada le abría la puerta.Todo el mundo le sonríe siempre, es su don.
-Vete a casa, niña! -la reprendían los maderos a la entrada del asentamiento y las gitanas -parabólica y recortá, el delantal lleno de medios, un Mercedes para cada hijo- la invitaban a galletas María y le pillaban todo lo que les llevaba, pero aquella vez no corrió a los chabolos porque escapó lo más al sur que dio la vía tras sorprenderse rompiendo el límite: hurgando en el monedero de su madre, y aquel noviete, en un entreacto con Pepe, se llevó su dinero y ya andaba a un negraca de Montera que se sacaba el jaco de debajo de la piedra de un anillo con resorte y le decía que subiera con él a la pensión y se lo estaba pensando cuando vio a Antonio Vega, tocando a rastras y barrancos, despeñándose por el mástil, "Chica de Ayer".
-Pon Telemadrid! Corre! -gritó/lloró en la llamada a la Larva.
Pepe se fue y la Larva le escondía la plata y se quejaba de que ya no le iba a ver porque ahora eran los libros del final de carrera y Erik Satie para navegar espesos mares mercuriales desde los que la gota negra se precipitaba, rompiendo, hasta la noche en blanco en la que pasaron en la madrugada de la 2 un corto de una yonki que robaba a su madre hasta la olla express y se la chupaba a los maderos en los descampaos. Se vio en su cara, en acción, con su camisita de topos o con su Palabra de Honor y, entonces...
Tren a Cabo de Gata.
Cazando con arco y flecha. Pescando. Sola en la cueva. Corriendo en bolas entre las dunas de las que surgió Pedrín con un bote rebosando opio.
-Nunca lo había probado puro -le confió al pie de las ruinas que sombreaban los cadáveres africanos abandonados cadenciosamente por la marea. Apenas autillos y lagartos y una guitarra mozárabe sonando en la hoguera lejana.
Anita fichó a Pepe en los bancos frente a su bloque, una de las muchas veces en que dio plantón a la Larva que la estaba esperando en el sofá ya casi sin muelles, para fumar porros, comer patatas fritas, beber cerveza durante días y follar por follar ante el Canal 18. Todo era pegajoso con la Larva, pero era el único que la hacía reir, que la aguantaba los dolorosos reglazos, la tragicomedia diaria con su familia... todo por tocarla un rato las tetas, abrazarla hasta la nausea cuando se les iba completamente la olla. Un tío que ni siquiera le gustaba, al que no dejaba dormir con ella, pero que siempre tenía dinero y que se lo perdonaba todo y era insistente, insistente.
Hasta que llegó Pepe, chico solitario, también huérfano de padre, criado a pedradas entre los chachos.
Anita, chica solitaria, con las hermanas haciendo su vida, asqueada. Pepe apenas hablaba y sí que la gustaba, tan fuerte, tan tímido. Por fin salir de la inercia de litros y litros y porros y porros con la Larva en las callejuelas de los Austrias, burlándose de la peña que pasaba, espantando a las viejas. La Larva aguantaba a sus pretendientes, a los admiradores que la seguían durante meses. Hasta la dejaba su casa para que se tirara a sus caprichos. La Larva fue su relación más larga sin serlo, sórdida, en la que sólo pasaban cosas extrañas, como aquella Nochevieja que empezaron cortando un tripi en la mesa de la cena de sus viejos (el buen señor veía gacelas en el papel pintado. Le subió el ácido ajeno sin catarlo), prosiguió en la fiesta de unas bolleras, martirizando a la que llamaban de James, y la acabaron de 69, a pesar de la escayola y de la cara cosida, porque en algún momento Anita se tiró (o la empujó la Larva) por la escalera de una peatonal lateral a la Puerta del Sol. La mejilla colgando.
Los chinos llegaron con Pepe. Recién expulsado de Paracaidistas por lanzarse antes de que despegara el avión. Trepó por el cementerio hasta robar la cruz de la tumba de su padre y clavarla invertida encima de la cama. La primera vez que durmieron juntos lo hicieron vestidos, sin rozarse, Anita insomne, pesadilla en loop en que la Larva se pajeaba en sus tetas sin molestarse en metérsela. Pero Pepe dormía a su lado, en un abrazo leve. Y, aún en aquellos días, la Larva se corría en su cara cuando ya estaba borracha y todo le daba igual y otro porro, otra raya. Semanas durmiendo juntos sin follar hasta que ella se lanzó y después se quedó acurrucada en el bíceps de Pepe, tan agradable estar con él, pese a los espasmos y tantas veces en que despertaba gritando. Los chinos la hacían bajar el deseo, no sex, silencio, paz sin los plastosos que rebotaban hipnotizados en sus tetazas, más larvas, frikis de culo vaso de la Facultad, nerds cableándola, el tap-tap de los cubiletes de rol, comunistas, esotéricos boqueando en la pecera, marroquíes en paro que la sacaban Mahous y las bolleras y los niños pequeños (aquel al que cuidaba y su padre también) y las moscas y las cucarachas y las abutardas. Pepe se agobiaba en los pubs y acababa peleándose con cualquiera, mejor no ir. En cambio con la Larva pasaba sábados enteros jugando al billar en el Callejón. Los chinos te centraban, volviste a estudiar y a coger la guitarra, nunca estabas cuando telefoneaba la Larva. Tu madre respiró.
-Un amigo, un amigo. Llevas años saliendo con él y es un amigo...
-Pero si no me gusta, mamá!!
-Entonces qué haces siempre con él? Búscate novio! Que te me vas a quedar solterona!
Y Anita comenzó a salir inflada de Benetton mientra la sonriente encargada le abría la puerta.Todo el mundo le sonríe siempre, es su don.
-Vete a casa, niña! -la reprendían los maderos a la entrada del asentamiento y las gitanas -parabólica y recortá, el delantal lleno de medios, un Mercedes para cada hijo- la invitaban a galletas María y le pillaban todo lo que les llevaba, pero aquella vez no corrió a los chabolos porque escapó lo más al sur que dio la vía tras sorprenderse rompiendo el límite: hurgando en el monedero de su madre, y aquel noviete, en un entreacto con Pepe, se llevó su dinero y ya andaba a un negraca de Montera que se sacaba el jaco de debajo de la piedra de un anillo con resorte y le decía que subiera con él a la pensión y se lo estaba pensando cuando vio a Antonio Vega, tocando a rastras y barrancos, despeñándose por el mástil, "Chica de Ayer".
-Pon Telemadrid! Corre! -gritó/lloró en la llamada a la Larva.
Pepe se fue y la Larva le escondía la plata y se quejaba de que ya no le iba a ver porque ahora eran los libros del final de carrera y Erik Satie para navegar espesos mares mercuriales desde los que la gota negra se precipitaba, rompiendo, hasta la noche en blanco en la que pasaron en la madrugada de la 2 un corto de una yonki que robaba a su madre hasta la olla express y se la chupaba a los maderos en los descampaos. Se vio en su cara, en acción, con su camisita de topos o con su Palabra de Honor y, entonces...
Tren a Cabo de Gata.
Cazando con arco y flecha. Pescando. Sola en la cueva. Corriendo en bolas entre las dunas de las que surgió Pedrín con un bote rebosando opio.
-Nunca lo había probado puro -le confió al pie de las ruinas que sombreaban los cadáveres africanos abandonados cadenciosamente por la marea. Apenas autillos y lagartos y una guitarra mozárabe sonando en la hoguera lejana.
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