La calle se va desenrrollando, desenrrollando, naciendo para que caminen juntos. Chocan, rebotan. Sus órbitas son roce, asteriscos de asteroides, un nuevo color. Sus manos son un estorbo que aletea y se posa en las caderas de ellas; su cabeza en el pecho de él. Y hablan, hablan simultáneamente, como iluminados, en el atardecer delfín que se alarga, se alarga, sólo para ellos. Sus ojos son reojos.
Se está fraguando el primer beso.